Ana Maria se había despertado esa mañana en la que recordaría una impecable Verdad. Aparentemente era como cualquier otro día, nada especial, tenía que levantarse, lavarse los dientes, verse a la cara sin maquillaje y notar las marcas negras salpicadas en su piel; no eran lunares, sino marcas de su vida: barros y espinillas de su adolescencia; cicatrices de las riñas con sus hermanos